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Jorge Griffa back de Newell's Old Boys en el Parque 1956 |
El siguiente es un extracto de los pasajes más relevantes de la charla 100x100 que sostuvo El Gráfico con Jorge Bernardo Griffa a finales del 2016. Al final podes encontrar el enlace al sitio oficial de la publicación para leer las 100 preguntas y respuestas. ¿Cambios? Algunos, el principal es escribir correctamente el apellido del alemán Adolfo CELLI, imperdonable que una prestigiosa publicación no tenga conocimiento de semejante Maestro, roza la falta de respeto. ¿Omisiones? Muchas, figuras como el Oso Diaz, René Pontoni, José Ramos, compañeros como José Yudica, Raúl Miralles, Roberto Puppo, la Bruja Raúl Belén, merecían estar presentes. Pero bueno, todo no se puede. Como han pasado añares, poco importa. El Hotel que el Club está a punto de inaugurar en el predio de Bella Vista lleva el nombre "JORGE BERNARDO GRIFFA", a pedido del responsable de semejante obra: Marcelo Bielsa.
"De pibe me decían “aceite quemao”, porque mi mamá me peinaba con gomina y
parecía que tuviera aceite en la cabeza. Ya de jugador, eran vinculados
al fútbol agresivo y contundente que practicaba como back central. Era
duro. Hacha y esas cosas me decían.
¿Cómo era de jugador? Un marcador central, derecho, con
temperamento superlativo. Era muy fuerte en el choque, medía 1.81 y eso
lo hacía notar. Cuando saltaba a cabecear, no perdía; cuando trababa,
tampoco.
¿El temperamento se trae de cuna? Para mí, sí. Las
necesidades y exigencias del fútbol me pedían una entrega total, no
aflojaba ni medio para llegar al éxito, nos jugábamos la vida en cada
pelota dividida. De hecho, toda mi carrera la hice con los ligamentos
cruzados de mi rodilla derecha rotos.
¿Cómo hizo para jugar toda su carrera con los ligamentos rotos?
Me los rompí a los 21 años en cancha de San Lorenzo. En esa época, la
iluminación en el Gasómetro era con una línea de focos que colgaban de
unos cables que cruzaban la cancha. O sea que si le pegabas para arriba,
podías bajar un foco o también que la pelota pasara de largo, la
perdieras de vista y la volvieras a ver recién cuando estaba cayendo y
entraba en la zona iluminada. Reíte pero era así. Bueno, me rompí los
ligamentos en esa cancha y como era muy complicado operarse, seguí así.
¿Le dolía para jugar? Claro que me dolía, me pasaba
el lunes acostado con hielo en la pierna. Para jugar, me vendaba debajo
de la rodilla y eso impedía que se estirara del todo; si no jugaba con
eso, se me iba la pierna. Con la venda la trababa. Me limitaba y daba
ventaja, pero como tenía un gran temperamento, superaba el dolor e iba
para adelante. Operarse de cruzados en esa época era prácticamente
abandonar el fútbol. Aguanté hasta este año, que finalmente me tuve que
operar.
¿Por qué? Porque estaba rengo, se me dificultaba
desplazarme. Me operó el doctor Canale, del Centro Médico Pueyrredón, y
quedé magnífico. Todavía puedo patear, con cautela, no vaya a ser cosa
que se me rompa otra vez.
¿En su época se buscaba trascender como una salida económica?
Para nada. Si además teníamos que trabajar, porque no alcanzaba con lo
del fútbol. Yo fui cadete, luego trabajé en el correo como aprendiz de
telegrafista. Y en la Primera vendía vino León, con Pichulo, compañero
mío en Alumni de Casilda. Cargábamos el camión después del
entrenamiento, enfrente de la cancha de Newell’s, e íbamos parando en
Zavalla, en Pujato, en Casilda, y les vendíamos a los almacenes, gracias
a las vinculaciones del fútbol. En España ya no tuve que trabajar, pero
hasta entonces, sí.
¿Cómo llegó al fútbol grande? Me vine a probar a
Platense. Me querían fichar pero no tenían pensión y me tuve que volver.
Al poco tiempo me probé en Central, porque en ese tiempo era muy
difícil conseguir el contacto en un club para probarse. Rímini, un
periodista rosarino, me hizo el calce para probarme en Central y les
gustó mi acción, pero cuando se enteró el alemán Celli, un maestro que
tuve en Newell’s, porque yo ya me había probado ahí, me fue a buscar a
Casilda y me dijo “vos tenés que venir a Newell’s”. Mi única ilusión,
entonces, era jugar en un equipo profesional.
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Preliminar Newell's Old Boys 1ra Fecha 1955, Arriba:
Jorge Griffa, Claria, Masuelli, Fontana, Mastrogiuseppe, J.
Echeverría, José Ramos (Entrenador) y Zeballos (Masajista). Abajo: Chapita Marassi (Auxiliar), Nardiello, Carranza, Roche, X, y X |
¿En qué venían a Buenos Aires a jugar? En tren.
Salíamos el sábado y parábamos en un hotel de Constitución o en la
cancha de Huracán, donde había una pensión. Salíamos a la tarde, 4 o 5
horas de viaje y llegábamos a la noche para cenar. Lo peor era la
vuelta: salíamos después del partido, llegábamos a medianoche, yo me
bajaba en Rosario Norte, de ahí me agarraba un tranvía e iba a las tres
vías, que ahí terminaba el recorrido, de ahí me iba corriendo unas 20
cuadras, porque había muchos perros, hasta el control policial. Y ahí
esperaba algún camión que fuera para Casilda, que son unos 50
kilómetros, y después otra corrida desde la escuela de agricultura, en
la ruta, hasta casa.
¿A qué hora llegaba? A las 2 de la mañana más o menos,
siempre con el bolsito con los botines. En general me subía en los
camiones que llevaban leche, me acostaba sobre los cántaros y me tapaba
con una lona.
¿En la semana eran las mismas peripecias? Mi tío
Antonio, que es sacerdote, me prestaba su moto. Yo trabajaba en la
tienda de mi padrino en Casilda, desde las 4 a las 7 de la mañana
haciendo la limpieza, y de ahí ya me iba con la moto para Rosario. Nos
entrenábamos a las 9 en la parte física en el Parque Independencia,
entre los árboles. Si no tenía la moto, colectivo. Y si algún día me
tenía que quedar a dormir, lo hacía en la Iglesia de San Martín y Oyola,
donde estaba mi tío.
Tuvo un debut promisorio en Primera… Justo contra
Independiente. Me pusieron de lateral y me pidieron que marcara a
Micheli. Y perdimos 3-0... por tres goles de Micheli. Ahí se terminó la
función, y me mandaron para mi división. Pero mirá lo que son las
cosas: al año siguiente de mi debacle se jugó un Racing-Newell´s en
Buenos Aires y se lesionan Semprini y Danelutti, los marcadores
centrales de la Primera y la Reserva. No les quedó otra que ponerme. Y
nunca más dejé el puesto. Lo tomé y fue para mí, por eso siempre digo:
capacidad, oportunidad y suerte. Mezclalas como quieras, pero tienen que
estar las tres.
Usted pasó de Newell’s al Atlético de Madrid en una época en la que casi nadie iba a Europa.
Era muy difícil ir a Europa, es cierto, y más todavía para defensores.
En esos años jugaban en Italia Maschio, Angelillo y Sívori, todos
delanteros. El único defensor que había era Santamaría, un uruguayo del
Real Madrid. A mí me llevó Artur Bogossian, un intermediario que me vio
en el Sudamericano que ganamos en Buenos Aires, y en el que marqué a
Pelé en la final, en 1959. Me dijo: “Tú pertenecer a mí, yo llevar a
Europa”. Y cumplió.
¿Ya se le veía pasta de crack a Pelé? Sí, claro. En una jugada salté a cabecear, y yo saltaba altísimo, pero este también saltó y me la ganó con el pecho.
¿El técnico le dijo: “Marque a Pelé”? En esa Selección
los técnicos eran tres: De la Torre, Barreiro y Spinetto, pero no daban
muchas indicaciones. Había una disciplina, un orden general, y listo.
Con el Atlético, ganamos la Recopa Europea a la Fiorentina y el DT era
Villalonga, un profe. Así eran las cosas antes.
¿Era de hablar en la cancha? A mis compañeros. En el
Atlético, Luis Aragonés manejaba el equipo de la mitad de cancha para
adelante y yo lo hacía de mitad para atrás. Eramos dos potenciales
entrenadores, cumplíamos la tarea del técnico dentro de la cancha. Si
alguien no daba todo, le decía: “En el mediotiempo te agarro y te mato
en el vestuario”. Aragonés dijo una vez: “Griffa nos enseñó a ganar”.
Porque yo les repetí: “Muchachos, me importa un comino contra quién
juguemos. Vamos a ganar, ¿me entendieron? ¡A ga-nar!” (sube la voz).
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Newell's Old Boys 1956 previo al triunfo 2 a 0 a bentral en el Parque. Arriba:
Ricardo Martínez Carbonell (Preparador Físico), Griffa, Sanguinetti,
Nazer, Mastrogiuseppe, Miralles, Salvador Alonso (Masajista) y René
Pontoni (Entrenador). Abajo: Nardiello, Puppo, R. García, Urquiza, Yudica y Fontana. |
¿Cómo hicieron para ganarle dos finales de Copa del Rey al Real Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento?
Dos finales seguidas, 1960 y 61, al Real Madrid de las 5 Copas de
Europa. Y las dos en la cancha de ellos. Normalmente al Madrid le
jugaban con temor, pero nosotros éramos bravísimos, prepotentes, no
teníamos miedo. Faltaban cinco minutos para terminar y Alfredo me dice:
“¿Será posible, Jorge, que nos ganan otra vez?”. Le contesté: “Sí,
pelado, y no te acerques por nuestra área porque podés perder la
cabeza”, ja, ja.
¿Difícil marcar a Di Stéfano, no? Con Calleja, que era
tan duro como yo, le hicimos una entrada entre los dos y quedó en el
suelo. Me acerqué y le dije: “No me tirés al referee en contra, Pelado,
eh”. Y me contestó: “Jorge, cómo te voy a tirar al referee en contra,
fijate, casi me fracturan el fémur” (risas). Después tuvimos una
relación muy buena, no de amistad plena, pero sí de afecto, lo mismo que
con Puskas, que casi no sabía hablar el español, y me decía, haciéndose
el argentino: “Che, pibe, vení, che”, ja, ja.
¿Siente que tuvo dos vidas? Así es, y te cuento que vi
la muerte con mucha tranquilidad, eso me llamó la atención. Bajé en la
ruta, cerca de Pujato, porque había habido un accidente, y creí que
necesitaban ayuda. Fue a los pocos meses de volver de España. Me apoyé
en la puerta del coche y vino un camión y de golpe me encuentro con que
estoy dando vueltas por el aire, y caí como en un colchón de pasto.
Ahí se terminó la carrera de futbolista. Claro. Me
venía insistiendo el Espanyol con que volviera y yo daba vueltas. Con
ese accidente se terminó todo. Estuve dos meses en cama todo enyesado, y
al hospital me fue a ver Armando Botti, el presidente de Newell’s, para
ofrecerme el equipo.
¿Aceptó? Sí, porque cuando uno deja de jugar cree que
se las sabe todas. A los primeros entrenamientos fui con muletas. A los
pocos meses me arrepentí y no fui más.
¿Qué no le gustó? Me di cuenta de que no sabía nada,
que lo que tenía era empuje y experiencia de jugador. Y me dediqué al
fútbol juvenil. Nunca más dirigí mayores.
¿Por qué el fútbol juvenil? Era algo que sentía. En ese
momento, se enseñaba por instinto antes que por conocimiento, y yo
dije: “Hay que prepararse para que el instinto quede como una historia
vieja” y empecé a enseñar y aprender, a aprender y enseñar. Aprendía de
lo que miraba, de lo que olfateaba, de lo que de alguna manera probaba y
me salía mal, o probaba y me salía bien, de lo que había que ampliar,
lo que había que eliminar, y en esa cantidad de conceptos que me fue
enseñando el fútbol, me hice eco de las necesidades.
¿Cuál fue la clave para que el semillero de Newell’s explotara en esos años?
Antes los chicos iban a probarse a los clubes, era muy difícil
conseguir un contacto para una prueba. Mi pensamiento fue: “¿Cómo
podemos competir con River, Boca y los grandes?”. Le propuse a la
dirigencia que en vez de esperar que traigan jugadores, fuéramos a
buscarlos. Y en vez de sacárselos, le ofreciéramos un convenio al club
de origen para que también tuvieran algo. Esas fueron las innovaciones
que implementé. Y realmente nos dieron resultado.
¿Bielsa era muy malo como jugador? Era del montón. Lo
conocí con 17 años. Se presentó en el vestuario con una camisa blanca y
me dijo: “¿Usted es Jorge Griffa?”. Sí. “¿Usted viene de Europa a este
club?”. Sí. “Entonces usted está loco”, terminó, dio media vuelta y se
fue. Ese fue nuestro primer diálogo.
Usted lo formó como entrenador. “Yo quiero ser
técnico”, me dijo apenas se retiró. “Perfecto, vení a trabajar conmigo y
veremos hasta dónde podés llegar. Necesitás tener un grupo de chicos
elegidos y trabajados por vos y ese será el equipo del futuro”, le dije,
porque él ya creía que sabía y quería empezar a dirigir. En esos años
buscamos chicos por el país y se armó esa cuarta especial que luego fue
la base del equipo campeón del 91 y 92.
¿Se peleó feo alguna vez con Bielsa? Nunca. Alguna vez declaré que el único que le podía pegar un cachetazo era yo, porque lo había formado, pero nunca hizo falta.
¿Está medio loco Bielsa o se hace un poco? Tiene
ciertos desequilibrios de una persona normal (risas), fue así desde
chico. Más de una vez quería matar a un referee y me tuve que meter para
llevarlo a empujones dentro del vestuario. Hace mucho que no hablo con
él. Hace un tiempo se dio una curiosidad: los dos compramos
departamentos a 50 metros uno del otro, y sin saber que nos teníamos de
vecinos.
¿Cómo armó esa red de 30 mil kilómetros para rastrear chicos con Bielsa?
Yo tenía vinculaciones en todo el país, en las distintas ligas.
Entonces llevaba a Rosario a los que eran la cabeza de esas ligas y les
ofrecíamos relojes con la insignia de Newell’s, les dábamos charlas,
para que se encontraran con alguien que algo les daba y que en el futuro
nos dieran jugadores.
Era el maestro del trueque… Como en la época de los
indios, ja, ja, entonces había una situación de afecto que se fue
profundizando. Yo llamaba e invitaba, empezamos con cierta cautela
porque no sabíamos dónde nos iba a llevar todo eso. Mi razonamiento fue:
en vez de hacer enemigos porque les sacamos un jugador, vamos a crear
amigos, porque les ofrecemos cosas y así Newell’s fue reclutando muy
buenos valores y se hizo una potencia con todos los jugadores de
divisiones inferiores.
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Jorge Griffa, Newell's Old Boys y las estrellas que brillan sobre el cielo del Parque |
¿El viaje con Bielsa? Le propuse a Marcelo hacer un
recorrido por el interior para capitalizar chicos. “Este equipo de
Zanabria se va a terminar en un momento y necesitaremos tener un
entrenador preparado, que sos vos, y a un grupo de jugadores nacidos de
sus propias divisiones inferiores, hay que buscarlos”. Y así armamos esa
red por todo el país. Yo llamaba por teléfono a distintas ligas y les
decía: voy a ir yo, o Bielsa. Y nos íbamos manejando, charlando.
Así encontraron a Pochettino, ¿no? Exacto. Esa historia
es particular. Habíamos ido a Santa Isabel, cerca de Venado Tuerto, a
dar un curso. Y en el asado de la noche, que era una regla de oro,
alguien comentó de un pibe muy fuerte, Mauricio Pochettino, que estaba
por ir a Central. Ya de regreso, yo manejaba, Bielsa me pregunta: “¿A
qué hora llegamos a Rosario?”. Y le contesto: “No, Marcelo, nos vamos a
Murphy a ver a este chico Pochettino”. Llegamos a su casa a las 2 de la
mañana.
¿Tocaron el timbre a las 2 de la mañana? ¡No había
timbre! Nos pusimos a aplaudir, golpeamos la ventana... Se asomó el
padre, no entendía nada, estaban durmiendo. “Soy Jorge Griffa, vengo
porque quiero hablar sobre su hijo”, le dije. Nos recibieron en la
cocina, estuvimos charlando, empezamos a hablar de la soja… Yo tenía
campo con soja, pero en ese momento a mí me importaba un comino la soja.
Cuando le pregunté por el pibe, me dijo que iba a firmar para Central.
Le hablé: “Mire, no le digo que no firme para Central, pero que pruebe
en Newell’s y luego elija. No es lo mismo ir a un club que tener dos
para elegir”. Entonces en un momento le pregunté si lo podíamos ver. Y
nos llevó a la habitación, estaba durmiendo. Levantó la sábana y era un
elefante… (risas).
A usted se lo criticó por eso, justamente, privilegiar a los grandes por sobre los chiquitos talentosos. No
es así. Yo no quiero dar ventajas, pero si hay un chiquito que juega
fenómeno, adentro, como Ezequiel Barco, al que trajimos nosotros a
Independiente de mi academia. Pero un equipo entero de chiquitos,
nooooo, eh. Para mí, en un futbolista, cuentan lo técnico, lo físico y
lo psíquico. No se pueden obviar esos argumentos. Si tenés lo tres, vas a
estar más cerca del éxito que del fracaso. Tenés que trabajar sobre los
tres. El camino del fútbol, les digo siempre a los chicos, es: uno al
posible éxito, que es duro y difícil, o al seguro fracaso, que es muy
simple. Es decir: si se dedican a la joda, no se sacrifican ni se
cuidan, van por la segunda.
¿Cómo lo vio a Batistuta? Vino en un equipo de
Avellaneda, ciudad del norte de Santa Fe, a jugar un campeonato
provincial a Rosario. Lo vi grandote, fuerte, no le pegaba tan bien pero
tampoco tan mal, y cabeceaba fuerte, todo por instinto e improvisación,
porque nadie le había enseñado nada. No le gustaba mucho el fútbol,
tenía dudas, así que pedí hablar con su papá. Y el padre tampoco estaba
convencido. Le pedí que probáramos un año, que el chico iba a seguir
estudiando en Rosario, porque yo los hacía seguir estudiando. Probamos y
se quedó, por suerte…
Pero antes lo mandó a lavar vidrios, ¿o no? Bati
llevaba un tiempo en el club y vino un día y me pidió unos viáticos para
que pudiera tener algo ahí. Los clubes estaban fusilados, así que
muchas veces yo le daba dinero a algunos chicos que me interesaban. Lo
sacaba de mi bolsillo, de mi campo, en realidad. Entonces le dije a
Bati: “Andá a limpiar todos los vidrios de la cafetería y te doy esa
plata que vos querés”. Y Bati lo hacía.
¿Después recuperaba ese dinero? No, lo tomaba como
parte de mi trabajo, si en Newell’s estuve cinco años sin cobrar. Por
suerte tenía mi campo, y andaba bien. Un día, el presidente Botti me
dijo: “Jorge, el club no tiene más plata, los directivos no tiene más
plata, mis amigos no tienen más plata, yo no tengo más plata, haga lo
que quiera”. Me quedé. Durante muchos años nos entrenábamos entre los
árboles en el Parque Independencia. Incluso, en algún tiempo no teníamos
ni pelota ni lugar para hacer fútbol, y los llevaba a la cancha de
Central Córdoba y los hacía pasar por debajo del alambrado para jugar
ahí.
El Predio de Bella Vista no existía entonces… Claro.
Ese predio se lo marqué yo a García Eyrea, presidente de Newell’s, allá
por el 76 o 77. “Tenés que comprar ese predio que está en venta; si no
lo compras, me voy del club”, le dije. “¿De dónde vamos a sacar la
guita, si no tenemos?”, me contestó. “Cuando vendas al primer jugador,
de ahí una parte dejala para comprar el predio”, seguí. Al poco tiempo
vendieron a Víctor Ramos en 450.000 dólares y separó 50.000, y con eso
se compró el predio.
Pero tardaron en armarlo… Cuando el presidente lo vio,
me quería matar. Era un basural. Le dije que le íbamos a poner liso y
meterle medio metro de tierra negra de las excavaciones que hacían para
los edificios. Y le salió un pasto espectacular.
¿A Julio Zamora lo rescató de la villa? Ya estaba
jugando en la primera local, pero había dejado de ir. Me dijeron dónde
vivía y me metí con mi auto adentro de la villa. Me dijo que tenía toda
la ropa mojada y no le quedaba ropa para ir a entrenar. Lo subí al
coche, lo llevé a una tienda y le hice comprar zapatillas, pantalones,
una camiseta, remerita y una camperita. “Ahora no me faltes a un
entrenamiento más, eh”, le dije. Y no volvió a faltar.
¿Plata de su bolsillo? Exacto.
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Jorge Griffa en el Parque junto a grandes valores de Newell's Old Boys |
A simple vista me hace acordar a Pedernera, ¿se lo dijeron?
Lo conocí a Don Adolfo. Cuando vine con los chicos de Newell’s a jugar
contra los de River, me encontré con Pedernera y le dije: “¡Qué gran
gusto, maestro!”, y él me contestó: “Usted también va a ser un maestro”.
¿Cuál es la clave de un buen formador de inferiores? La
entrega total en la vocación. No hay que tomar esta tarea como parte de
una escalera para llegar a ser entrenador de la Primera. Hay que estar
seguro y decidido a trabajar en el fútbol juvenil, porque es la base de
sustentación. Eso no quita que aquellos que están en el fútbol juvenil
no puedan pegar el salto al fútbol profesional y ser exitosos.
Otro atributo. La entrega total. Es olvidarse de vivir,
porque uno se dedica tanto... Durante 23 años, en Newell’s yo arrancaba
a las 7.30 de la mañana y volvía a las 10 de la noche a mi casa. Estaba
a la mañana con unas divisiones, a la tarde con otras, y entre las 7 y
las 10 de la noche atendía a los padres, a los tíos, a los abuelos, a
las necesidades de todo lo que había alrededor de los chicos. Lo mismo
hice después en Boca.
¿Se arrepiente de haber perdido parte de su vida allí? No,
porque cada uno tiene un camino que le marca Dios y le dice “metete y
dale”. Ni mi mujer ni mis hijos me reclamaron jamás porque me veían
bien.
¿Cuántas veces necesita ver a un jugador para subirle o bajarle el pulgar? Te podés dar cuenta en una jugada o podés no darte cuenta en todo el día, no hay reglas fijas.
¿Qué mira? Lo primero, su técnica. E inmediatamente
después, la velocidad y su temperamento. La técnica es el movimiento
individual para desarrollar lo colectivo: cómo para la pelota, cómo la
lleva, cómo la maneja, determinadas situaciones. El jugador ideal tiene
técnica y temperamento, es fuerte y coordinado, posee velocidad física y
mental, es inteligente y psicológicamente equilibrado. Ahí tenés el
ideal. Ahora, el que más se acerque a esos atributos, más probabilidades
de éxito tendrá.
¿Sacar jugadores o salir campeón en inferiores? Todos
quieren ganar, lógicamente. Para ganar, necesitás gente con capacidad.
Al jugador no se le debe exigir ganar, se le debe enseñar a ganar. Yo le
doy argumentos para que tenga éxito y pueda ser ganador. Si un equipo
de inferiores sale campeón, quiere decir que algunos jugadores son
buenos, porque no sale campeón cualquiera. Y si no ganás nada, te
preocupás, porque significa que tenés limitaciones en el plantel.
Promovió un montón de chicos, ¿a quiénes siente como hijos?
Son tantos… El Negro Gallego me sentía como padre y yo lo sentía como
hijo. Lo saqué de una fábrica de ventiladores para que me lo dejaran
venir a jugar con nosotros. No fue el único, hay un montonal de chicos
que vivieron situaciones así.
¿Por qué dejó Newell’s y por qué fue a Boca? De
Newell’s me fui porque con el presidente Eduardo López no coincidía en
nada. No en el fútbol, sino en la vida. Ya no podía estar ahí. Me vino a
buscar a mi casa y me mantuve en la negativa. Decidí dedicarme a mi
campo, que tengo en Arequito, y a los pocos meses me llamó Mauricio
Macri a mi casa. Se iba a presentar en las elecciones y quería que yo
trabajara con los juveniles.
¿Le molestó que al estadio de Newell’s le pusieran Marcelo Bielsa y no Jorge Griffa? Para nada, nunca he tenido ambiciones de esa naturaleza. Nunca me sentí ofendido por esas cosas, me pareció bien.
En la época en que Messi se fue de Newell’s, ¿usted estaba en inferiores?
No, porque yo me vine en el 96 para Boca, y Messi se fue a Barcelona en
el 2000 o 2001. Nunca llegué a ver a Messi en Newell’s. Lo cierto es
que a esa edad hay una enormidad de chicos con grandes condiciones que
finalmente no llegan. Pasa en el fútbol. Vos podés acertar en mil
jugadores pero errás en uno y te dicen “Ah, erraste en uno”.
¿Por qué se candidateó a presidente de Newell’s? Gente
amiga me pidió que lo hiciera porque le podía ofrecer cosas al club, y
de entrada me sirvió un poco como estímulo, pero cuando empecé a ver
todo lo que era la política dije “esto no es para mí” y me retiré.
Directamente no me presenté.
¿Cuál es el principal problema de los pibes? La
computadora y el teléfono, que los absorbe. Hay tres cosas que debe
tener: lo técnico, lo físico y lo psíquico. Eso les inculco a los
entrenadores para que profundicen sobre los tres. Lo técnico en lo
futbolístico, lo físico no es solo en la cancha, sino en su vida
privada, y lo psíquico es sentirse ganadores.
¿Cómo se maneja con los padres? Nunca he tenido mayores
problemas. Cuando me vienen a pedir que jueguen, les pregunto: “¿Usted
qué quiere de su hijo? Lo mejor ¿no es cierto?”. Cuando me dicen que sí,
ahí mismo les digo: “Yo también”.
¿Qué hace cuando le ofrecen dinero para fichar a determinado chico?
No lo viví nunca, quizás porque nunca tuve esas tentaciones, sino más
bien al contrario: a mí, el fútbol me costó plata de los bolsillos. El
club que lleva mi nombre, por ejemplo, me ha costado como un millón de
dólares, así que vos me dirás cómo recupero eso (risas). Por otro lado,
si me entero de que algún entrenador de las inferiores recibe dinero de
los padres, lo echo inmediatamente, con eso no hay vueltas." **
** Entrevista extraída de la revista
El Gráfico